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jueves, 30 de diciembre de 2021

UN EXTRAÑO RELATO DE NAVIDAD

Autor: Guy de Maupassant (Francés 1850-1893)

El doctor Bonenfantes forzaba su memoria, murmurando: 

-¿Un recuerdo de Navidad?... ¿Un recuerdo de Navidad?... 


Y, de pronto, exclamó: 

-Sí, tengo uno, y por cierto muy extraño. Es una historia fantástica, ¡un milagro! Sí, señoras, un milagro de Nochebuena. 

Comprendo que admire oír hablar así a un incrédulo como yo. ¡Y es indudable que presencié un milagro! Lo he visto, lo que se llama verlo, con mis propios ojos. 


¿Que si me sorprendió mucho? No; porque sin profesar creencias religiosas, creo que la fe lo puede todo, que la fe levanta las montañas. Pudiera citar muchos ejemplos, y no lo hago para no indignar a la concurrencia, por no disminuir el efecto de mi extraña historia.  "Confesaré, por lo pronto, que si lo que voy a contarles no fue bastante para convertirme, fue suficiente para emocionarme; procuraré narrar el suceso con la mayor sencillez posible, aparentando la credulidad propia de un campesino. 


Entonces era yo médico rural y habitaba en plena Normandía, en un pueblecillo que se llama Rolleville. 


Aquel invierno fue terrible. Después de continuas heladas comenzó a nevar a fines de noviembre. Se amontonaban al norte densas nubes, y caían blandamente los copos de nieve tenue y blanca. 

En una sola noche se cubrió toda la llanura. Las masías, aisladas, parecían dormir en sus corralones cuadrados como en un lecho, entre sábanas de ligera y tenaz espuma, y los árboles gigantescos del fondo, también revestidos, parecían cortinajes blancos. 

Ningún ruido turbaba la campiña inmóvil. Solamente los cuervos, a bandadas, describían largos festones en el cielo, buscando la subsistencia, sin encontrarla, lanzándose todos a la vez sobre los campos lívidos y picoteando la nieve.  Sólo se oía el roce tenue y vago al caer los copos de nieve.

Nevó continuamente durante ocho días; luego, de pronto, aclaró. La tierra se cubría con una capa blanca de cinco pies de grueso. 


Y, durante cerca de un mes, el cielo estuvo, de día, claro como un cristal azul y, por la noche, tan estrellado como si lo cubriera una escarcha luminosa. Helaba de tal modo que la sábana de nieve, compacta y fría, parecía un espejo. 


La llanura, los cercados, las hileras de olmos, todo parecía muerto de frío. Ni hombres ni animales asomaban; solamente las chimeneas de las chozas en camisa daban indicios de la vida interior, oculta, con las delgadas columnas de humo que se remontaban en el aire glacial. 

"De cuando en cuando se oían crujir los árboles, como si el hielo hiciera más quebradizas las ramas, y a veces se desgajan una, cayendo como un brazo cortado a cercén. 


Las viviendas campesinas parecían mucho más alejadas unas de otras. Vivíanse malamente; cada uno en su encierro. Sólo yo salía para visitar a mis pacientes más próximos, y expuesto a morir enterrado en la nieve de una hondonada. 

Comprendí al punto que un pánico terrible se cernía sobre la comarca. Semejante azote parecía sobrenatural. Algunos creyeron oír de noche silbidos agudos, voces pasajeras. Aquellas voces y aquellos silbidos los daban, sin duda, las aves migratorias que viajaban al anochecer y que huían sin cesar hacia el sur. Pero es imposible que razonen gentes desesperadas. El espanto invadía las conciencias y se aguardaban sucesos extraordinarios. 


La fragua de Vatinel hallábase a un extremo del caserío de Epívent, junto a la carretera intransitada y desaparecida. Como carecían de pan, el herrero decidió ir a buscarlo. Se entretuvo algunas horas hablando con los vecinos de las seis casas que formaban el núcleo principal del caserío; recogió el pan, varias noticias, algo del temor esparcido por la comarca, y se puso en camino antes de que anocheciera. 


De pronto, bordeando un seto, creyó ver un huevo sobre la nieve, un huevo muy blanco; se inclinó para cerciorarse; no cabía duda; era un huevo. ¿Cómo se hallaba en tan apartado lugar? ¿Qué gallina salió de su corral para ponerlo allí? El herrero, absorto, no se lo explicaba, pero cogió el huevo para llevárselo a su mujer. 

-Toma este huevo que encontré en el camino. 


La mujer bajó la cabeza, recelosa: 

-¿Un huevo en el camino con el tiempo que hace? ¿No te has emborrachado?


-No, mujer, no; te aseguro que no he bebido. Y el huevo estaba junto a un seto, caliente aún. Ahí lo tienes; me lo metí en el pecho para que no se enfriase. Cómetelo esta noche. Lo echaron en la cazuela donde se hacía la sopa, y el herrero comenzó a referir lo que se decía en la comarca.

La mujer escuchaba, palideciendo.

-Es cierto; yo también oí silbidos la pasada noche, y entraban por la chimenea.  Se sentaron y tomaron la sopa; luego, mientras el marido untaba un pedazo de pan con manteca, la mujer cogió el huevo, examinándolo con desconfianza.


-¿Y si tuviese algún maleficio? 

-¿Qué maleficio puede tener? 

-¡Toma! ¡Si yo supiera! 

-¡Vaya! Cómetelo y no digas bestialidades. 


La mujer abrió el huevo; era como todos, y se dispuso a tomárselo con prevención, cogiéndolo, dejándolo, volviendo a cogerlo. El hombre decía: 

-¿Qué haces? ¿No te gusta? ¿No es bueno? 


Ella, sin responder, acabó de tragárselo. Y de pronto fijó en su marido los ojos, feroces, inquietos, levantó los brazos y, convulsa de pies a cabeza, cayó al suelo, retorciéndose, dando gritos horribles. 


Toda la noche tuvo convulsiones violentas y un temblor espantoso la sacudía, la transformaba. El herrero, falto de fuerza para contenerla, tuvo que atarla. 

Y la mujer, sin reposo, vociferaba: 

-¡Se me ha metido en el cuerpo! ¡Se me ha metido en el cuerpo! 


Por la mañana me avisaron. Apliqué todos los calmantes conocidos; ninguno me dio resultado. Estaba loca. 


Y, con una increíble rapidez, a pesar del obstáculo que ofrecían a las comunicaciones las altas nieves heladas, la noticia corrió de finca en finca: 'La mujer de la fragua tiene los diablos en el cuerpo.'

Acudían los curiosos de todas partes; pero sin atreverse a entrar en la casa, oían desde fuera los horribles gritos, lanzados por una voz tan potente que no parecían propios de un ser humano. 

Advirtieron al cura. Era un viejo incauto. Acudió con sobrepelliz, como si se tratara de auxiliar a un moribundo, y pronunció las fórmulas del exorcismo, extendiendo las manos, rociando con el hisopo a la mujer, que se retorcía soltando espumarajos, mal sujeta por cuatro mocetones.  


Los diablos no quisieron salir.

Y llegaba la Nochebuena, sin mejorar el tiempo. 

La víspera, por la mañana, el cura fue a visitarme: 

-Deseo -me dijo- que asista la infeliz a la misa de gallo. Tal vez Nuestro Señor Jesucristo la salve, a la hora en que nació de una mujer. 


Yo respondí: 

-Me parece bien, señor cura. Es posible que se impresione con la ceremonia, muy a propósito para conmover, y que sin otra medicina pueda salvarse. 

El viejo cura insinuó: 


-Usted es un incrédulo, doctor, y, sin embargo, confío mucho en su ayuda. ¿Quiere usted encargarse de que la lleven a la iglesia? 


Prometí hacer para servirle cuanto estuviese a mi alcance. 



De noche comenzó a repicar la campana, lanzando sus quejumbrosas vibraciones a través de la sombría llanura, sobre la superficie tersa y blanca de la nieve. 


Bultos negros llegaban agrupados lentamente, sumisos a la voz de bronce del campanario. La luna llena iluminaba con su tibia claridad todo el horizonte, haciendo más notoria la pálida desolación de los campos.  "Fui a la fragua con cuatro mocetones robustos. 


La endemoniada seguía rugiendo y aullando, sujeta con sogas a la cama. La vistieron, venciendo con dificultad su resistencia, y la llevaron. 


A pesar de hallarse ya la iglesia llena de gente y encendidas todas las luces, hacía frío; los cantores aturdían con sus voces monótonas; roncaba el serpentón; la campanilla del monaguillo advertía con su agudo tintineo a los devotos los cambios de postura. 


Detuve a la mujer y a sus cuatro portadores en la cocina de la casa parroquial, aguardando el instante oportuno. Juzgué que éste sería el que sigue a la comunión. 


Todos los campesinos, hombres y mujeres, habían comulgado pidiendo a Dios que los perdonase. Un silencio profundo invadía la iglesia, mientras el cura terminaba el misterio divino. 


Obedeciéndome, los cuatro mozos abrieron la puerta y se acercaron a la endemoniada. 


Cuando ella vio a los fieles de rodillas, las luces y el tabernáculo resplandeciente, hizo esfuerzos tan vigorosos para soltarse que a duras penas conseguimos retenerla; sus agudos clamores trocaron de pronto en dolorosa inquietud la tranquilidad y el recogimiento de la muchedumbre; algunos huyeron. 


Crispada, retorcida, con las facciones descompuestas y los ojos encendidos, apenas parecía una mujer. 


La llevaron a las gradas del presbiterio, sosteniéndola fuertemente, agazapada. 

Cuando el cura la vio allí, sujeta, se acercó cogiendo la custodia, entre cuyas irradiaciones de oro aparecía una hostia blanca, y alzando por encima de su cabeza la sagrada forma, la presentó con toda solemnidad a la vista de la endemoniada. 


La mujer seguía vociferando y aullando, con los ojos fijos en aquel objeto brillante; y el cura estaba inquieto, inmóvil, hasta el punto de parecer una estatua. 

La mujer mostrábase temerosa, fascinada, contemplando fijamente la custodia; presa de terribles angustias, vociferaba todavía; pero sus voces eran menos desgarradoras. 

Aquello duró bastante". 


Hubiérase dicho que su voluntad era impotente para separar la vista de la hostia; gemía, sollozaba; su cuerpo, abatido, perdía la rigidez, recobraba su blandura". 


La muchedumbre se había prosternado con la frente en el suelo; y la endemoniada, parpadeando, como si no pudiera resistir la presencia de Dios ni sustraerse a contemplarlo, callaba. Luego advertí que se habían cerrado sus ojos definitivamente. 


Dormía el sueño del sonámbulo, hipnotizada..., ¡no, no!, vencida por la contemplación de las fulgurantes irradiaciones de la custodia de oro; humillada por Cristo Nuestro Señor triunfante. 


Se la llevaron, inerte, y el cura volvió al altar". 

La muchedumbre, desconcertada, entonó un tedeum". 

Y la mujer del herrero durmió cuarenta y ocho horas seguidas. Al despertar, no conservaba ni la más insignificante memoria de la posesión ni del exorcismo. 


Ahí tienen, señoras, el milagro que yo presencié.  Hubo un corto silencio y, luego, añadió:

-No pude negarme a dar mi testimonio por escrito. 





123TV "Sueña Imagina y Crea"

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Compiladora: Giovanna Proaño Moreno

Ilustraciones: Yeisson Zambrano "Caspitas"

 

sábado, 11 de diciembre de 2021

UN ÁRBOL DE NOEL Y UNA BODA, Fiodor Dostoyevski (Ruso 1821-1881)


Hace un par de día asistí yo a una boda…pero no… Antes de contarles algo relativo a una fiesta de navidad. Una boda es, ya de por sí, cosa linda, y aquella de marras me gustó mucho... Pero el otro acontecimiento me impresionó más todavía. Al asistir a aquella boda, hube de acordarme de la fiesta de Navidad. Pero voy a contarles lo que allí sucedió.


Hará unos cinco años, cierto día entre Navidad y Año Nuevo, recibí una invitación para un baile infantil que había de celebrarse en casa de una respetable familia amiga mía. El dueño de la casa era un personaje influyente que estaba muy bien relacionado; tenía un gran círculo de amistades, desempeñaba un gran papel en sociedad y solía urdir todos los enredos posibles; de suerte que podía suponerse, desde luego, que aquel baile de niños sólo era un pretexto para que las personas mayores, especialmente los señores papás, pudieran reunirse de un modo completamente inocente en mayor número que de costumbre y aprovechar aquella ocasión para hablar, como casualmente, de toda clase de acontecimientos y cosas notables. Pero como a mí las referidas cosas y acontecimientos no me interesaban lo más mínimo, y como entre los presentes apenas si tenía algún conocido, me pasé toda la velada entre la gente, sin que nadie me molestara, abandonado por completo a mí mismo.

Otro tanto hubo de sucederle a otro caballero, que, según me pareció, no se distinguía ni por su posición social, ni por su apellido, y, a semejanza mía, sólo por pura casualidad se encontraba en aquel baile infantil... Inmediatamente hubo de llamarme la atención. Su aspecto exterior impresionaba bien: era de gran estatura, delgado, sumamente serio e iba muy bien vestido. Se advertía de inmediato que no era amigo de distracciones ni de pláticas frívolas. Al instalarse en un rinconcito tranquilo, su semblante, cuyas negras cejas se fruncieron, asumió una expresión dura, casi sombría. Saltaba a la vista que, quitando al dueño de la casa, no conocía a ninguno de los presentes. Y tampoco era difícil adivinar que aquella fiestecita lo aburría hasta la náusea, aunque, a pesar de ello, mostró hasta el final el aspecto de un hombre feliz que pasa agradablemente el tiempo. Después supe que procedía de la provincia y sólo por una temporada había venido a Petersburgo, donde debía de fallarse al día siguiente un pleito, enrevesado, del que dependía todo su porvenir. Se le había presentado con una carta de recomendación a nuestro amigo el dueño de la casa, por lo que aquél cortésmente lo había invitado a la velada: pero, según parecía, no contaba lo más mínimo con que el dueño de la casa se tomase por él la más ligera molestia. Y como allí no se jugaba a las cartas y nadie le ofrecía un cigarro ni se dignaba dirigirle la palabra -probablemente conocía ya el pájaro por su plumaje, se vio obligado nuestro hombre, para dar algún entretenimiento a sus manos, a estar toda la noche, mesándose las patillas. Tenía, verdaderamente unas patillas, muy hermosas, pero así y todo, se las acariciaba demasiado, dando a entender que primero habían sido creadas aquellas patillas, y luego le habían añadido el hombre, con el solo objeto de que les prodigase sus caricias.

Además de aquel caballero que no se preocupaba lo más mínimo por aquella fiesta de los cinco chicos pequeñines y regordetes del anfitrión, hubo de chocarme también otro individuo. Pero éste mostraba un porte totalmente distinto: ¡era todo un personaje!.

Se llamaba Yulián Mastakóvich. A la primera mirada se comprendía que era un huésped de honor y se hallaba, respecto al dueño de la casa, en la misma relación, aproximadamente, en que respecto a éste se encontraba el forastero desconocido. El dueño de la casa y su señora se desvivían por decirle palabras lisonjeras, le hacían lo que se dice la corte, lo presentaban a todos sus invitados, pero sin presentárselo a ninguno. Según pude observar, el dueño de la casa mostró en sus ojos el brillo de una lagrimita de emoción cuando Yulián Mastakóvich, elogiando la fiesta, le aseguró que rara vez había pasado un rato tan agradable. Yo, por lo general, suelo sentir un malestar extraño en presencia de hombres tan importantes; así que, luego de recrear suficientemente mis ojos en la contemplación de los niños, me retiré a un pequeño boudoir, en el que, por casualidad, no había nadie, y allí me instalé en el florido parterre de la dueña de la casa, que cogía casi todo el aposento.

Los niños eran todos increíblemente simpáticos e ingenuos y verdaderamente infantiles, y en modo alguno pretendían dárselas de mayores, pese a todas las exhortaciones de ayas y madres. Habían literalmente saqueado todo el árbol de Navidad hasta la última rama, y también tuvieron tiempo de romper la mitad de los juguetes, aun antes de haber puesto en claro para quién estaba destinado cada uno. Un chiquillo de aquellos de negros ojos y rizos negros, hubo de llamarme la atención de un modo particular: estaba empeñado en dispararme un tiro, pues le había tocado una pistola de madera. Pero la que más llamaba la atención de los huéspedes era su hermanita. Tendría ésta unos once años, era delicada y pálida, con unos ojazos grandes y pensativos. Los demás niños debían de haberla ofendido por algún concepto, pues se vino al cuarto donde yo me encontraba, se sentó en un rincón y se puso a jugar con su muñeca. Los convidados se señalaban unos a otros con mucho respeto a un opulento comerciante, el padre de la niña, y no faltó quién en voz baja hiciese observar que ya tenía apartados para la dote de la pequeña sus buenos trescientos mil rublos en dinero contante y sonante. Yo, involuntariamente, dirigí la vista hacia el grupo que tan interesante conversación sostenía, y mi mirada fue a dar en Yulián Mastakóvich, que, con las manos cruzadas a la espalda y un poco ladeada la cabeza, parecía escuchar muy atentamente el insulso diálogo. Al mismo tiempo hube de admirar no poco la sabiduría del dueño de la casa, que había sabido acreditarla en la distribución de los regalos. A la muchacha que poseía ya trescientos rublos le había correspondido la muñeca más bonita y más cara. Y el valor de los demás regalos iba bajando gradualmente, según la categoría de los respectivos padres de los chicos. Al último niño, un chiquillo de unos diez años, delgadito, pelirrojo y con pecas, sólo le tocó un libro que contenía historias instructivas y trataba de la grandeza del mundo natural, de las lágrimas de la emoción y demás cosas por el estilo: un árido libraco, sin una estampa ni un adorno.

Era el hijo de una pobre viuda, que les daba clase a los niños del anfitrión, y a la que llamaban, por abreviar, él aya. Era el tal chico un niño tímido, pusilánime. Vestía una blusilla rusa de nanquín barato. Después de recoger su libro, anduvo largo rato huroneando en torno a los juguetes de los demás niños; se le notaban unas ganas terribles de jugar con ellos; pero no se atrevía; era claro que ya comprendía muy bien su posición social. Yo contemplaba complacido los juguetes de los niños. Me resultaba de un interés extraordinario la independencia con que se manifestaban en la vida. Me chocaba que aquel pobre chico de que hablé se sintiera tan atraído por los valiosos juguetes de los otros nenes, sobre todo por un teatrillo de marionetas en el que seguramente habría deseado desempeñar algún papel, hasta el extremo de decidirse a una lisonja. Se sonrió y trató de hacerse simpático a los demás: le dio su manzana a una nena mofletuda, que ya tenía todo un bolso de golosinas, y llegó hasta el punto de decidirse a llevar a uno de los chicos a cuestas, todo con tal de que no lo excluyesen del teatro. Pero en el mismo instante surgió un adulto, que en cierto modo hacía allí de inspector, y lo echó a empujones y codazos. El chico no se atrevió a llorar. En seguida apareció también él aya, su madre, y le dijo que no molestase a los demás. Entonces se vino el chico al cuarto donde estaba la nena. Ella lo recibió con cariño, y ambos se pusieron, con mucha aplicación, a vestir a la muñeca.

Yo llevaba ya sentado media horita en el parterre, y casi me había adormilado, arrullado inconscientemente por el parloteo infantil del chico pelirrojo y la futura belleza con dote de trescientos mil rublos, cuando de repente hizo irrupción en la estancia Yulián Mastakóvich. Aprovechó la ocasión de haberse suscitado una gran disputa entre los niños del salón para desaparecer de allí sin ser notado. Hacía unos minutos nada más lo había visto yo al lado del opulento comerciante, padre de la pequeña, en vivo coloquio, y, por alguna que otra palabra suelta que cogiera al vuelo, adiviné que estaba ensalzando las ventajas de un empleo con relación a otro. Ahora estaba pensativo, en pie, junto al parterre, sin verme a mí, y parecía meditar algo.

"Trescientos..., trescientos... -murmuraba-. Once.... doce..., trece..., dieciséis... ¡Cinco años! Supongamos al cuatro por ciento... Doce por cinco... Sesenta. Bueno; pongamos, en total, al cabo de cinco años... Cuatrocientos. Eso es... Pero él no se ha de contentar con el cuatro por ciento, el muy perro. Lo menos querrá un ocho y hasta un diez. ¡Bah! Pongamos... quinientos mil... ¡uhm! Medio millón de rublos. Esto es ya mejor... Bueno...; y luego, encima, los impuestos... ¡Uhm!".

Su resolución era firme. Se escombró, y se disponía ya a salir de la habitación, cuando, de pronto, hubo de reparar en la pequeña. Que estaba con su muñeca en un rincón, junto al niñito pobre, y se quedó parado. A mí no me vio, escondido, como estaba, detrás del denso follaje. Según me pareció, estaba muy excitado. Difícil sería, no obstante, precisar si su emoción era debida a la cuenta que acababa de echar o a alguna otra causa, pues se frotó sonriendo las manos, y parecía como si no pudiese estarse quieto. Su excitación fue creciendo hasta un extremo incomprensible al dirigir, una segunda y resuelta mirada a la rica heredera. Quiso avanzar un paso; pero volvió a detenerse y miró con mucho cuidado el entorno suyo. Luego se aproximó de puntillas como consciente de una culpa, lentamente y sin hacer ruido a la pequeña. Como ésta se hallaba detrás del chico, se inclinó el hombre y le dio un beso en su cabecita. La pequeña lanzó un grito, asustada, pues no había advertido hasta entonces su presencia.

- ¿Qué haces aquí, hija mía? -le preguntó por lo bajo, miró en torno suyo y le dio luego una palmadita en las mejillas.

- Estamos jugando...

- ¡Ah! ¿Con éste? -y Yulián Mastakóvich lanzó una mirada al pequeño-. Mira, niño: mejor estarías en la sala -le dijo.

El chico no replicó, y se le quedó mirando fijo. Yulián Mastakóvich volvió a echar una rápida ojeada en torno suyo, y de nuevo se inclinó hacia la pequeña.

-   - ¿Qué es esto, niña? ¿Una muñeca? -le preguntó.

-   - Sí, una muñequita... -repuso la nena algo forzada, y frunció levemente el ceño.

 - Una muñeca... Pero ¿sabes tú, hija mía, de qué se hacen las muñecas?

 - No... -respondió la niña en un murmullo, y volvió a bajar la cabeza.

 - Bueno; pues mira: las hacen de trapos viejos, corazón. Pero tú estarías mejor en la sala, con los demás niños -y Yulián Mastakóvich, al decir esto, dirigió una severa mirada al pequeño. Pero éste y la niña fruncieron la frente y se apretaron más el uno contra el otro. Por lo visto, no querían separarse.

- ¿Y sabes tú también para qué te han regalado esta muñeca? -tornó a preguntar Yulián Mastakóvich, que cada vez ponía en su voz más mimo.

 - No.

 - Pues para que seas buena y cariñosa.

Al decir esto, tornó Yulián Mastakóvich a mirar hacia la puerta, y luego le preguntó a la niña con voz apenas perceptible, trémula de emoción e impaciencia:

- Pero ¿me querrás tú también a mí si les hago una visita a tus padres? Al hablar así, intentó Yulián Mastakóvich darle otro beso a la pequeña; pero al ver el niño que su amiguita ya estaba a punto de romper el llanto, se apretujó contra su cuerpecito, lleno de súbita congoja y por pura compasión y cariño rompió a llorar alto con ella. Yulián Mastakóvich se puso furioso.

- ¡Largo de aquí! ¡Largo de aquí! -le dijo con muy mal genio al chico-. ¡Vete a la sala! ¡Anda a reunirte con los demás niños!

- ¡No, no, no! ¡No quiero que se vaya! ¿Por qué tiene que irse? ¡Usted es quien debe irse! -clamó la nena-. ¡Él se quedará aquí! ¡Déjele usted estar! -añadió casi llorando.

     En aquel instante sonaron voces altas junto a la puerta y Yulián Mastakóvich irguió el busto imponente. Pero el niño se asustó todavía más que Yulián Mastakóvich; soltó a la amiguita y se escurrió, sin ser visto, a lo largo de las paredes, en el comedor. También al comedor se trasladó Yulián Mastakóvich, cual si nada hubiera pasado. Tenía el rostro como la grana, y como al pasar ante un espejo se mirase en él, pareció asombrarse él mismo de su aspecto. Quizá lo contrariase haberse excitado tanto y hablado de manera tan destemplada. Por lo visto, sus cálculos lo habían absorbido y entusiasmado de tal modo, que a pesar de toda su dignidad y astucia, procedió como un verdadero chiquillo, y en seguida, sin pararse a reflexionar, empezaba a atacar su objetivo. Yo lo seguí al otro cuarto..., y en verdad que fue un raro espectáculo el que allí presencié. Pues vi nada menos que a Yulián Mastakóvich, el digno y respetable Yulián Mastakóvich, hostigar al pequeño, que cada vez retrocedía más ante él y, de puro asustado, no sabía ya dónde meterse

    - ¡Vamos, largo de aquí! ¿Qué haces aquí, holgazán? ¡Anda, vete! Has venido aquí a robar fruta, ¿verdad? Habrás robado alguna, ¿eh? ¡Pues lárgate en seguidita, que ya verás, si no, cómo te arreglo yo a ti! 

    El muchacho, azorado, se resolvió, finalmente, a adoptar un medio desesperado de salvación: se metió debajo de la mesa. Pero al ver aquello se puso todavía más furioso su perseguidor. Lleno de ira, tiró del largo mantel de batista que cubría la mesa, con objeto de sacar de allí al chico. Pero éste se estuvo quietecito, muertecito de miedo, y no se movió. Debo hacer notar que Yulián Mastakóvich era algo corpulento. Era lo que se dice un tipo gordo, con los mofletes colorados, una ligera tripa, rechoncho y con las pantorrillas gordas...; en una palabra: un tipo forzudo, que todo lo tenía redondito como la nuez. Gotas de sudor le corrían ya por la frente; respiraba jadeando y casi con estertor. La sangre, de estar agachado, se le subía, roja y caliente, a la cabeza. Estaba rabioso, de puro grande que eran su enojo o, ¿quién sabe?, sus celos. Yo me eché a reír alto. Yulián Mastakóvich se volvió como un relámpago hacia mí, y, no obstante, su alta posición social, su influencia y sus años, se quedó enteramente confuso. En aquel instante entró por la puerta frontera el dueño de la casa. El chico se salió de debajo de la mesa y se sacudió el polvo de las rodillas y de los codos. Yulián Mastakóvich recobro la serenidad, se llevó rápidamente el mantel, que aún tenía cogido de un pico, a la nariz, y se sonó.

     El dueño de la casa nos miró sorprendido; pero, a fuer de hombre listo que toma la vida en serio, supo aprovechar la ocasión de poder hablar a solas con su huésped.

     - ¡Ah! Mire usted: éste es el muchacho en cuyo favor tuve la honra de interesarle...

     Empezó, señalando al pequeño.

   - ¡Ah! -replicó Yulián Mastakóvich, que seguía sin ponerse a la altura de la situación.

    - Es el hijo del aya de mis hijos -continuó explicativo el dueño de la casa, y en tono comprometedor-, una pobre mujer. Es viuda de un honorable funcionario. ¿No habría medio, Yulián Mastakóvich...

  - ¡Ah! Lo había olvidado. ¡No, no! -lo interrumpió éste presuroso-. No me lo tome usted a mal, mi querido Filipp Aleksiéyevich; pero es de todo punto imposible. Me he informado bien; no hay, actualmente, ninguna vacante, y aun cuando la hubiese, siempre tendría éste por delante diez candidatos con mayor derecho... Lo siento mucho, créame; pero...

   - ¡Lástima! -dijo pensativo el dueño de la casa-. Es un chico muy juicioso y modesto...

   - Pues a mí, por lo que he podido ver, me parece un tunante -observó Yulián Mastakóvich con forzada sonrisa-. ¡Anda! ¿Qué haces aquí? ¡Vete con tus compañeros! -le dijo al muchacho, encarándose con él.

   Luego no pudo, por lo visto, resistir la tentación de lanzarme a mí también una mirada terrible. Pero yo, lejos de intimidarme, me reí claramente en su cara. Yulián Mastakóvich la volvió inmediatamente a otro lado y le preguntó de un modo muy perceptible al dueño de la casa quién era aquel joven tan raro. Ambos se pusieron a cuchichear y salieron del aposento. Yo pude ver aún, por el resquicio de la puerta, cómo Yulián Mastakóvich, que escuchaba con mucha atención al dueño de la casa, movía la cabeza admirado y receloso.

     Después de haberme reído lo bastante, yo también me trasladé al salón. Allí estaba ahora el personaje influyente, rodeado de padres y madres de familia y de los dueños de la casa, y hablaba en tono muy animado con una señora que acababan de presentarle. La señora tenía cogida de la mano a la pequeña que Yulián Mastakóvich besara hacía diez minutos. Ponderaba el hombre con la niña poniéndola en el séptimo cielo; ensalzaba su hermosura, su gracia, su buena educación y la madre lo oía casi con lágrimas en los ojos. Los labios del padre sonreían. El dueño de la casa participaba con visible complacencia en el júbilo general. Los demás invitados también daban muestras grata emoción, inclusive habían interrumpido el juego de los niños para que éstos no molestasen con su algarabía. Todo el aire estaba lleno de exaltación.

  Luego pude oír yo cómo la madre de la niña, profundamente conmovida, con rebuscadas frases de cortesía, rogaba a Yulián Mastakóvich que le hiciese el honor especial de visitar su casa, y pude oír también cómo Yulián Mastakóvich, sinceramente encantado, prometía corresponder sin falta a la amable invitación, y cómo los circunstantes, al dispersarse por todos lados, según lo pedía el uso social, se deshacían en conmovidos elogios, poniendo por las nubes al comerciante, su mujer y su nena, pero sobre todo a Yulián Mastakóvich.

-  -¿Es casado ese señor? -pregunté yo alto a un amigo mío, que estaba al lado de Yulián Mastakóvich.

    Yulián Mastakóvich me lanzó una mirada colérica, que reflejaba exactamente sus sentimientos.

  - No -me respondió mi amigo, visiblemente contrariado por mi intempestiva pregunta, que yo, con toda intención, le hiciera en voz alta.

                                                                              ***

     Hace un par de días hube de pasar por delante de la iglesia. La muchedumbre que se apiñaba en el balcón, y sus ricos atavíos, hubieron de llamarme la atención. La gente hablaba de una boda. Era un nublado día de otoño, y empezaba a helar. Yo entré en la iglesia, confundido entre el gentío, y miré a ver quién fuese el novio. Era un tío bajo y rechoncho, con tripa y muchas condecoraciones en el pecho. Andaba muy ocupado, de acá para allá, dando órdenes, y parecía muy excitado. Por último, se produjo en la puerta un gran revuelo; acababa de llegar la novia. Yo me abrí paso entre la multitud y pude ver una beldad maravillosa, para la que apenas despuntara aún la primera primavera. Pero estaba pálida y triste. Sus ojos miraban distraídos. Hasta me pareció que las lágrimas vertidas habían ribeteado aquellos ojos. La severa hermosura de sus facciones prestaba a toda su figura cierta dignidad y solemnidad altivas. Y, no obstante, a través de esa seriedad y dignidad y de esa melancolía, resplandecía el alma inocente, inmaculada, de la infancia, y se delataba en ella algo indeciblemente inexperto, inconsciente, infantil, que, según parecía, sin decir palabra, tácitamente, imploraba piedad. 

    Se decía entre la gente que la novia apenas si tendría dieciséis años. Yo miré con más atención al novio, y de pronto reconocí al propio Yulián Mastakóvich, al que hacía cinco años que no volviera a ver. Y también a la novia. ¡Santo Dios! Me abrí paso entre el gentío en dirección a la salida, con el deseo de verme en cuanto antes lejos de allí. Entre la gente se decía que la novia era rica en dinero contante y sonante y que poseía medio millón de rublos, más una renta por valor de tanto y cuanto… 

     ¡”Salió bien la cuenta, pensé yo, y me salí a la calle!” 




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Compiladora: Giovanna Proaño Moreno

Ilustraciones: Yeisson Zambrano "Caspitas"


martes, 16 de noviembre de 2021

El Dinosaurio Azul, cuento infantil

Autor: Orlando Araujo

I

Hice mi viaje al fondo de la tierra y me perdí en un bosque de hojas negras y de lagartos dormidos.

Millones y millones de árboles y de gusanos hundidos y quemados por un sol de cien mil años formaban un lago oscuro y un río de aguas lentas y sin luz. 

Era el petróleo.

Me monté en un Dinosaurio Azul y me vine siguiendo el río de aguas lentas. Atravesé llanuras de aguas subterráneas, túneles oscuros y minas de diamantes. 

Un día me dormí en un campo de esmeraldas, pero me despertó una jirafa roja para decirme que arriba me esperaba el sol, el viento y las flores y los caminos de la tierra.

Así que seguí mi viaje por el río de aguas oscuras. Atravesé inmensas rocas, visité laberintos de metales brillantes y conocí árboles y pájaros que tenían veinte mil años.

Me hice amigo de un oso de las cavernas y me enamoré de un ave del paraíso.

Querían hacerme una casa de helechos derretidos con un techo de tibias mariposas, pero el Dinosaurio Azul me convenció del cielo: él quería verlo, y cómo iba yo a ser tan mal amigo que me negara a continuar el viaje hasta la superficie.

Pasamos diez mil años debajo de las montañas que viven en los mares y cuyas cumbres se asoman a la luz para ser islas.

Hasta que un buen día caminamos por el fondo del lago de Maracaibo, donde encontramos la pata de palo de un pirata. Nos montamos en ella y salimos a la superficie.

El Dinosaurio Azul se quedó mudo: no conocía la playa, ni el sol, ni el viento, ni el agua azul y ni los cocoteros. ¡Pobre Dinosaurio Azul analfabeta de la tierra!

Se asustó tanto que se fue corriendo otra vez para el fondo de la tierra y me dejó, náufrago sobre una pata de palo de pirata, en las orillas del lago de Maracaibo, allí precisamente donde desembocan los ríos del petróleo, de aguas lentas y oscuras.

                             II


Náufrago montado en una pata de palo de pirata, recogieron a Miguel Vicente Patacaliente unos obreros petroleros que trabajaban en una inmensa torre de acero levantada sobre las aguas del lago. levantada sobre las aguas del lago.

Le dieron alimento, y no necesitaron abrigarlo porque el sol de aquella región es el mejor abrigo del hombre. Pero lo cuidaron mucho y, ya en la tarde, cuando suspendieron el trabajo, lo llevaron a tierra.

Uno de los obreros, el que parecía jefe del grupo, lo llevó a su casa, una casita pequeña, rodeada de otras casitas pequeñas, todas igualitas, rodeadas con telas metálicas y construidas en un campo donde unos cujíes lloraban de dolor por la ausencia de otros árboles.

La mujer del obrero se parecía a la mamá de Miguel Vicente y tal vez fue por eso por lo que cuando ella lo tomó en sus brazos, el niño lloró en silencio como lo hacía cada vez que estaba triste.

Durmió dos días con sus noches, y cuando despertó era un domingo de sol por la mañana.

Cuando lo llamaron para desayunar, ya estaban sentados en la mesa el obrero, su mujer y los hijos, mucha gente.

Comenzó lo que tenía que comenzar y que por tanto dormir no había comenzado:

—¿Cómo te llamas?

—Miguel Vicente Patacaliente.

—¿Patacaliente? ¿Es tu apellido?

—Bueno, debe ser, todos me llaman así.

—Cuéntanos qué te pasó. De dónde vienes, quién es tu familia y qué haces por el mundo.

Le dieron cuerda, y a Miguel Vicente quien le pregunta para que hable tiene que escucharlo, porque si hay niños que hablan mucho, Miguel es de los que hablan más.

Contó su infancia en Caracas, su vida de limpiabotas, los viajes en el camión de su hermano y los otros viajes por ríos y por mares y hasta el centro de la tierra y más allá.

Cuando terminó ya había pasado la hora del almuerzo. El obrero y su mujer se miraron como diciéndose: “¡Qué niño tan mentiroso!” pero no le interrumpían porque los cuentos les gustaban y porque veían a sus hijos encantados escuchando.

—¿Y por qué venías del mar? –preguntó el obrero.

—Yo no venía del mar.

—¿De dónde venías, entonces?

—Del fondo de la tierra.

—Ah, ah, ah –le dijo el obrero, sonriéndose con picardía–, ¿y cómo están por allá?

—Muy bien, saludos le mandaron –contestó Patacaliente dándose cuenta de que se burlaban de él.

—¿Y quién me mandó saludos?

—El Dinosaurio Azul y las culebras del petróleo.

—Ah, ¿pero es que también sabes de petróleo?

—Bueno, sé dónde nace ¿y tú?

—Caramba –respondió el obrero sonriendo siempre– yo no sé dónde nace pero sí dónde se recoge.

—Pues yo quiero que me lleve allá porque tengo muchas cosas que preguntarle.

Y lo dijo con tanta seriedad de niño, y había caído tan en la gracia de todos, y era ya tan hora de cenar, que el obrero prometió llevarlo hasta el señor Petróleo al día siguiente, con tal de que por ahora no contara más cuentos y cenara con todos y durmiera tranquilo.

Miguel Vicente lo complació en todo y al día siguiente, muy temprano, ya estaba listo para acompañar a su protector. Los dos salieron y mientras caminaban, hablaron:

—¿Tú conoces el petróleo? –preguntó el niño al obrero.

—Un poco –respondió el obrero–, al menos lo veo todos los días. Yo perforo la tierra para que el petróleo salga.

—¿Y para qué quieren que salga?

—Bueno, pues para muchas cosas, para que mueva las máquinas, los camiones, los carros, los aviones y para que haya luz de noche, para muchas cosas.

Las casitas de los obreros se fueron quedando atrás, y ahora cruzaban un campo con casas muy grandes y con pequeños jardines, había flores y automóviles.

—¿Quiénes viven aquí?

—Vive gente que también trabaja con petróleo.

—¿Son los dueños del petróleo?

—No, trabajan con la Compañía.

—¿Y tú también trabajas con la Compañía?

—También.

—¿Qué Compañía?

—Bueno, la dueña del petróleo.

—¿Y dónde vive?

—Aquí mismo… y en Caracas, y en muchas partes.

—¿Tiene tantas casas?

Pero en eso llegó el camión con otros obreros, los recogieron y así el trabajador se vio librado del chaparrón de preguntas de un niño tan preguntón. 

El camión pasó cerca de otro grupo de casas más grandes todavía,con jardines más bellos y automóviles más grandes. “¿Será allí donde vive la señora Compañía?”, pensó Miguel Vicente. Pero rechazó esta idea. El petróleo solo tenía un dueño, su amigo el Dinosaurio Azul.

Dejaron atrás las casas, pero no fueron al lago, sino a un campo sin árboles, poblado de torres de acero. Era por allí por donde salía el petróleo desde el fondo de la tierra.

Los obreros se fueron hacia distintos sitios, y el amigo de Miguel Vicente le dijo: “Quédate por ahí, Miguel, que yo voy a trabajar y después te busco. Querías ver el petróleo y todo esto es petróleo”.

Pero todo aquello era un ruido infernal: ¡tu-taca-tun! ¡tun-taca-tun! Por todas partes, hombres con cascos, torres, tanques, máquinas, camiones, jeeps y el ¡tun - taca - tun! de unos inmensos pájaros metálicos perforando con sus picos el pecho de la tierra, los hígados de la tierra, las tripas de la tierra ¡tun-taca-tun! ¡tun-taca-tun!

Miguel Vicente comenzó a desesperarse por el ruido, y comenzó a asustarse, y antes de echarse a llorar prefirió echar a correr.

Corrió y corrió y corrió. Cuánto corrió Patacaliente ni él mismo podría decirlo porque era ya bien tarde cuando se detuvo, enredado entre bejucos, en la falda de una pequeña colina de cujíes.

Miró hacia atrás, y ni una torre se veía a lo lejos. Decidió subir a la colina para orientarse y comenzó a ascender, pero tanto bejuco le impedía el paso y solo muy lentamente iba avanzando. Cuando en una de esas ¡zuas!, un templón entre las hierbas y un ruido violento en la hojarasca. El niño vio, alejándose, un bejuco más oscuro que los otros, no se veía todo sino una parte pasando entre dos troncos, un lomo interminable, ondulado y ya silencioso.

La culebra no lo había atacado, y más bien huía del niño. Paralizado por el miedo, le parecía que aquel pasar de lomo de serpiente duraba siglo y siglo y siglo. Al fin echó a correr como podía, y en dirección contraria. La culebra por un lado y él por otro, de tal modo que si seguían corriendo y huyendo uno del otro iban a terminar encontrándose frente a frente en
el otro lado del mundo.

Pero Patacaliente cayó y rodó por una laderita hasta un claro sin bejucos allá abajo. Se levantó, se sacudió y miró a su alrededor. La tierra era rojiza, con manchones oscuros. Una vieja rueda de camión por allí tirada era el solitario consuelo de que otros hombres habían pasado antes que él por tan extraño sitio.

De pronto vio, a un lado, algo así como un borde de cemento, al pie un cují, y justamente donde comenzaba otra vez la pequeña selva de arbustos y bejucos.

Se acercó y vio que era la boca de una excavación profunda. Una vez había visto un pozo de sacar agua, que se parecía bastante a este. Al asomarse, sintió el olor que había sentido cuando navegó los ríos oscuros en el fondo de la tierra. El olor que había sentido ese mismo día en el campamento, el olor del petróleo. Aquel era, sin duda, un pozo de petróleo, pero ¿por qué estaba tan solo, tan lejos y tan sin torre?


—¡Señor Petróleo, señor Petróleo!

Nadie respondía. Tiró una piedra, tiró varias, y terrones, y  bejucos. 

—¡Señor  Petróleo,  señor  Petróleo,  respóndame, señor Petróleo!

Desde abajo, un aliento, un vaho, un algo así como una voz lejana que se acerca, llegó a la superficie:

—¿Quién está allá arriba? ¿Quién me despierta?
—Soy yo, Miguel Vicente Patacaliente.
—¿Y quién eres tú?
—El que viajó en el Dinosaurio Azul, allá abajote, donde usted nace y corre debajo de la tierra. ¿No se acuerda?

—¡Ay, amigo mío! –dijo la voz con sonidos de ultratumba– yo hace mucho tiempo perdí el contacto con mi gente de allá de más abajo.

—¿Y  por  qué,  señor  Petróleo?  –preguntó  Miguel  Vicente, muy compadecido.
—Pues por qué va a ser, Miguel Vicente, porque el petróleo también muere.
—Pero usted no está muerto. Si estuviera muerto no hablara.
—Hay muertos que hablan, hijo mío. Pero, bueno, y para no complicar las 
cosas digamos que no estoy muerto sino seco.

—¿Seco?

—Sí, seco: ya no doy más petróleo a los hombres y por eso ellos me abandonaron. Soy un pozo seco y solo.
—¿Y por qué no llamas al Dinosaurio Azul en tu ayuda?
—Ah, cuánto me gusta que lo nombres, él era mi padre, pero hace miles y miles de años que murió.
—No, no ha muerto, señor Petróleo, no ha muerto, bien vivo que está, yo lo vi, monté sobre él y me trajo hasta el lago, ayer no más estaba vivo.
—Sí, Miguel Vicente, él vuelve a vivir cada mil años, cuando un niño como tú viaja al fondo de la tierra. Pero está muerto, para mí está muerto.
—No entiendo.
—Ya sé que no entiendes, ni te angusties por eso. Hay cosas y seres vivos para unos, y  muertos para otros. Tú mismo lo sabrás más tarde.

Ahora vete, Miguel Vicente, porque me arrastra el sueño al fondo de mi cueva.

—¡Un  momentico,  señor  Petróleo,  don  Petróleo,  un  momentico, por favor, no se vaya todavía!
—¿Qué quieres ahora?
—Bueno, pienso que si el Dinosaurio es su papá, la señora Compañía será su mamá, y yo podría ir a avisarle.

Pero la voz surgió profundamente airada de allá abajo sin dejarlo terminar:

—No, Miguel Vicente, no me ofendas. Mi madre es la Tierra, y en sus entrañas me concibió, me parió y me ocultó durante millones de años. La Compañía es la que me persigue y la que hiere el pecho y el vientre de la tierra hasta encontrarme en las cuevas donde habito. Allá arriba me somete a torturas en grandes máquinas para arrancarme a pedazos las fuerzas que me dieron los árboles antiguos y los dinosaurios muertos.

La voz del Petróleo fue dejando de ser triste y poniéndose a vibrar con fuerza de viento rugidor. Parecía contento de contar su historia sobre el haz de la tierra. Prosiguió:

—Pero así torturado y descuartizado por los hombres, me vuelvo más fuerte y poderoso todavía, Miguel Vicente. Por mí se mueven las fábricas, los motores de las grandes máquinas.

Gracias a mi brazo, el hombre corre a grandes velocidades en camiones, automóviles, ferrocarriles, barcos, aviones y cohetes.

Es con mi ayuda y solo con mi ayuda –tronaba don Petróleo– como el hombre en la tierra venció al venado en su carrera, a los peces en su nado y a las aves en su vuelo. Ah, Patacaliente, ¡qué poder el mío, qué poder el mío!

Cuando Miguel abrió los ojos y miró hacia arriba, una inmensa iguana le sonreía desde una rama del árbol.

—¡Hola! –saludó Patacaliente.
—¡Hola! –respondió la iguana.
—¿Eres hija del Dinosaurio Azul?
—Soy su sobrina. Yo soy hija de un dinosaurio verde.

Pero no siguieron conversando porque llegaron los hombres. 

Entre ellos venía su hermano. Se abrazaron todos y se sintieron felices de que nada le hubiera sucedido al viajero maravilloso.

Y como estaban tan contentos, el obrero quiso burlarse con cariño de Miguel Vicente, y le preguntó:

—¿Viste al petróleo? ¿Le hablaste?
—No lo pude ver, pero hablé con él.
—¿Y qué te dijo?
—El petróleo sabe muchas cosas.

Y no dijo más el niño. Pero era tan profundo el tono de la voz y tan misteriosa la mirada con que Miguel se despidió del pozo, que el obrero guardó silencio como cuando estaba en misa.

Fue el hermano quien habló ahora. Se lo llevó aparte, lejos de los otros, le puso una mano sobre el hombro y le dijo:

—¿Qué vas a hacer ahora? ¿Trabajarás conmigo?
—Te acompañaré, pero voy a seguir caminando, hermano.
Descendieron la colina en busca del camión. Atrás quedaba el pozo seco abandonado. Arriba el Sol, enamorado de la iguana; y por delante, todos los caminos de la Tierra, de la Luna y más allá.

—¿Fuiste a la Luna?
—¡Fui a la Luna, sí señor!
—¿Y no viste las culebras?
—¿Cuáles culebras?
—Las culebras de la Luna.
—No las vi ¿dónde están?
—En las espaldas de la Luna, en la noche oscura de la Luna.
—¿Cómo lo sabes?
—Un dinosaurio rojo de Marte se lo dijo al Dinosaurio Azul, mi amigo. Y dime, ¿fuiste a Marte?
—Un par de viajecitos he realizado, pero sin el hombre. Algún día lo acompañaré por Marte y por otros planetas en el cielo infinito. Ah, qué poder el mío, qué poder el mío.
—Sí, ¡qué poder el tuyo, qué poder el tuyo! —dijo a su vez Miguel Vicente, quien ya tuteaba al señor Petróleo, tal era su entusiasmo.

Y de pronto se quedaron mudos. Parecían mirarse el uno al otro, pero como no se veían era que pensaban uno en otro.


—Pero estás seco —dijo al fin Miguel Vicente.
—Pero estoy seco —respondió como un eco la voz cavernosa del Petróleo.
—Y la Compañía ya no te quiere.
—Ya no me necesita.
—Entonces ya no tienes dueño.
—Mi dueño será siempre la Tierra, Miguel Vicente, no te olvides: la Tierra que caminas, esta misma que ahora me canta una canción de cueva para que me duerma.
—Duerme, entonces, Petrolito, amigo mío.

Y la Tierra cantaba una canción de cueva, el arco del viento doblaba los cujíes, mientras el Sol lloraba porque lo obligaban a ocultarse antes de escuchar el final del cuento de Miguel Vicente Patacaliente y del pozo que quedó sin gente.

Pero la alegría del Sol no tuvo límites cuando al asomarse a la Tierra, al día siguiente, vio que el niño dormía junto a su amigo el pozo seco. Vio también a los hombres que andaban en su búsqueda y, a fin de guiarlos, se puso de acuerdo con una nube para que solo dejara pasar un caminito de sol que los llevara hasta el cují del pozo abandonado a cuya sombra ahora Miguel Vicente despertaba.

Biografía del autor

Orlando Araujo (1928-1987) Nació en Calderas, Barinas. Escritor, economista, poeta, profesor universitario, periodista y guionista de cine y televisión. Puede considerarse como uno de los más grandes escritores venezolanos, tanto por la calidad de su prosa como por la sensibilidad con que trata diversos temas. En 1975 ganó el premio Nacional de Literatura. Su más famoso cuento infantil es el inolvidable Los viajes de Miguel Vicente Pata Caliente (1977). 

Los titulados Glosas del piedemonte (1980) y Elia en azul (1988) son testimonios de su poesía.

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Compiladora: Giovanna Proaño Moreno

Ilustración: Marcos Estévez