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martes, 16 de noviembre de 2021

El Dinosaurio Azul, cuento infantil

Autor: Orlando Araujo

I

Hice mi viaje al fondo de la tierra y me perdí en un bosque de hojas negras y de lagartos dormidos.

Millones y millones de árboles y de gusanos hundidos y quemados por un sol de cien mil años formaban un lago oscuro y un río de aguas lentas y sin luz. 

Era el petróleo.

Me monté en un Dinosaurio Azul y me vine siguiendo el río de aguas lentas. Atravesé llanuras de aguas subterráneas, túneles oscuros y minas de diamantes. 

Un día me dormí en un campo de esmeraldas, pero me despertó una jirafa roja para decirme que arriba me esperaba el sol, el viento y las flores y los caminos de la tierra.

Así que seguí mi viaje por el río de aguas oscuras. Atravesé inmensas rocas, visité laberintos de metales brillantes y conocí árboles y pájaros que tenían veinte mil años.

Me hice amigo de un oso de las cavernas y me enamoré de un ave del paraíso.

Querían hacerme una casa de helechos derretidos con un techo de tibias mariposas, pero el Dinosaurio Azul me convenció del cielo: él quería verlo, y cómo iba yo a ser tan mal amigo que me negara a continuar el viaje hasta la superficie.

Pasamos diez mil años debajo de las montañas que viven en los mares y cuyas cumbres se asoman a la luz para ser islas.

Hasta que un buen día caminamos por el fondo del lago de Maracaibo, donde encontramos la pata de palo de un pirata. Nos montamos en ella y salimos a la superficie.

El Dinosaurio Azul se quedó mudo: no conocía la playa, ni el sol, ni el viento, ni el agua azul y ni los cocoteros. ¡Pobre Dinosaurio Azul analfabeta de la tierra!

Se asustó tanto que se fue corriendo otra vez para el fondo de la tierra y me dejó, náufrago sobre una pata de palo de pirata, en las orillas del lago de Maracaibo, allí precisamente donde desembocan los ríos del petróleo, de aguas lentas y oscuras.

                             II


Náufrago montado en una pata de palo de pirata, recogieron a Miguel Vicente Patacaliente unos obreros petroleros que trabajaban en una inmensa torre de acero levantada sobre las aguas del lago. levantada sobre las aguas del lago.

Le dieron alimento, y no necesitaron abrigarlo porque el sol de aquella región es el mejor abrigo del hombre. Pero lo cuidaron mucho y, ya en la tarde, cuando suspendieron el trabajo, lo llevaron a tierra.

Uno de los obreros, el que parecía jefe del grupo, lo llevó a su casa, una casita pequeña, rodeada de otras casitas pequeñas, todas igualitas, rodeadas con telas metálicas y construidas en un campo donde unos cujíes lloraban de dolor por la ausencia de otros árboles.

La mujer del obrero se parecía a la mamá de Miguel Vicente y tal vez fue por eso por lo que cuando ella lo tomó en sus brazos, el niño lloró en silencio como lo hacía cada vez que estaba triste.

Durmió dos días con sus noches, y cuando despertó era un domingo de sol por la mañana.

Cuando lo llamaron para desayunar, ya estaban sentados en la mesa el obrero, su mujer y los hijos, mucha gente.

Comenzó lo que tenía que comenzar y que por tanto dormir no había comenzado:

—¿Cómo te llamas?

—Miguel Vicente Patacaliente.

—¿Patacaliente? ¿Es tu apellido?

—Bueno, debe ser, todos me llaman así.

—Cuéntanos qué te pasó. De dónde vienes, quién es tu familia y qué haces por el mundo.

Le dieron cuerda, y a Miguel Vicente quien le pregunta para que hable tiene que escucharlo, porque si hay niños que hablan mucho, Miguel es de los que hablan más.

Contó su infancia en Caracas, su vida de limpiabotas, los viajes en el camión de su hermano y los otros viajes por ríos y por mares y hasta el centro de la tierra y más allá.

Cuando terminó ya había pasado la hora del almuerzo. El obrero y su mujer se miraron como diciéndose: “¡Qué niño tan mentiroso!” pero no le interrumpían porque los cuentos les gustaban y porque veían a sus hijos encantados escuchando.

—¿Y por qué venías del mar? –preguntó el obrero.

—Yo no venía del mar.

—¿De dónde venías, entonces?

—Del fondo de la tierra.

—Ah, ah, ah –le dijo el obrero, sonriéndose con picardía–, ¿y cómo están por allá?

—Muy bien, saludos le mandaron –contestó Patacaliente dándose cuenta de que se burlaban de él.

—¿Y quién me mandó saludos?

—El Dinosaurio Azul y las culebras del petróleo.

—Ah, ¿pero es que también sabes de petróleo?

—Bueno, sé dónde nace ¿y tú?

—Caramba –respondió el obrero sonriendo siempre– yo no sé dónde nace pero sí dónde se recoge.

—Pues yo quiero que me lleve allá porque tengo muchas cosas que preguntarle.

Y lo dijo con tanta seriedad de niño, y había caído tan en la gracia de todos, y era ya tan hora de cenar, que el obrero prometió llevarlo hasta el señor Petróleo al día siguiente, con tal de que por ahora no contara más cuentos y cenara con todos y durmiera tranquilo.

Miguel Vicente lo complació en todo y al día siguiente, muy temprano, ya estaba listo para acompañar a su protector. Los dos salieron y mientras caminaban, hablaron:

—¿Tú conoces el petróleo? –preguntó el niño al obrero.

—Un poco –respondió el obrero–, al menos lo veo todos los días. Yo perforo la tierra para que el petróleo salga.

—¿Y para qué quieren que salga?

—Bueno, pues para muchas cosas, para que mueva las máquinas, los camiones, los carros, los aviones y para que haya luz de noche, para muchas cosas.

Las casitas de los obreros se fueron quedando atrás, y ahora cruzaban un campo con casas muy grandes y con pequeños jardines, había flores y automóviles.

—¿Quiénes viven aquí?

—Vive gente que también trabaja con petróleo.

—¿Son los dueños del petróleo?

—No, trabajan con la Compañía.

—¿Y tú también trabajas con la Compañía?

—También.

—¿Qué Compañía?

—Bueno, la dueña del petróleo.

—¿Y dónde vive?

—Aquí mismo… y en Caracas, y en muchas partes.

—¿Tiene tantas casas?

Pero en eso llegó el camión con otros obreros, los recogieron y así el trabajador se vio librado del chaparrón de preguntas de un niño tan preguntón. 

El camión pasó cerca de otro grupo de casas más grandes todavía,con jardines más bellos y automóviles más grandes. “¿Será allí donde vive la señora Compañía?”, pensó Miguel Vicente. Pero rechazó esta idea. El petróleo solo tenía un dueño, su amigo el Dinosaurio Azul.

Dejaron atrás las casas, pero no fueron al lago, sino a un campo sin árboles, poblado de torres de acero. Era por allí por donde salía el petróleo desde el fondo de la tierra.

Los obreros se fueron hacia distintos sitios, y el amigo de Miguel Vicente le dijo: “Quédate por ahí, Miguel, que yo voy a trabajar y después te busco. Querías ver el petróleo y todo esto es petróleo”.

Pero todo aquello era un ruido infernal: ¡tu-taca-tun! ¡tun-taca-tun! Por todas partes, hombres con cascos, torres, tanques, máquinas, camiones, jeeps y el ¡tun - taca - tun! de unos inmensos pájaros metálicos perforando con sus picos el pecho de la tierra, los hígados de la tierra, las tripas de la tierra ¡tun-taca-tun! ¡tun-taca-tun!

Miguel Vicente comenzó a desesperarse por el ruido, y comenzó a asustarse, y antes de echarse a llorar prefirió echar a correr.

Corrió y corrió y corrió. Cuánto corrió Patacaliente ni él mismo podría decirlo porque era ya bien tarde cuando se detuvo, enredado entre bejucos, en la falda de una pequeña colina de cujíes.

Miró hacia atrás, y ni una torre se veía a lo lejos. Decidió subir a la colina para orientarse y comenzó a ascender, pero tanto bejuco le impedía el paso y solo muy lentamente iba avanzando. Cuando en una de esas ¡zuas!, un templón entre las hierbas y un ruido violento en la hojarasca. El niño vio, alejándose, un bejuco más oscuro que los otros, no se veía todo sino una parte pasando entre dos troncos, un lomo interminable, ondulado y ya silencioso.

La culebra no lo había atacado, y más bien huía del niño. Paralizado por el miedo, le parecía que aquel pasar de lomo de serpiente duraba siglo y siglo y siglo. Al fin echó a correr como podía, y en dirección contraria. La culebra por un lado y él por otro, de tal modo que si seguían corriendo y huyendo uno del otro iban a terminar encontrándose frente a frente en
el otro lado del mundo.

Pero Patacaliente cayó y rodó por una laderita hasta un claro sin bejucos allá abajo. Se levantó, se sacudió y miró a su alrededor. La tierra era rojiza, con manchones oscuros. Una vieja rueda de camión por allí tirada era el solitario consuelo de que otros hombres habían pasado antes que él por tan extraño sitio.

De pronto vio, a un lado, algo así como un borde de cemento, al pie un cují, y justamente donde comenzaba otra vez la pequeña selva de arbustos y bejucos.

Se acercó y vio que era la boca de una excavación profunda. Una vez había visto un pozo de sacar agua, que se parecía bastante a este. Al asomarse, sintió el olor que había sentido cuando navegó los ríos oscuros en el fondo de la tierra. El olor que había sentido ese mismo día en el campamento, el olor del petróleo. Aquel era, sin duda, un pozo de petróleo, pero ¿por qué estaba tan solo, tan lejos y tan sin torre?


—¡Señor Petróleo, señor Petróleo!

Nadie respondía. Tiró una piedra, tiró varias, y terrones, y  bejucos. 

—¡Señor  Petróleo,  señor  Petróleo,  respóndame, señor Petróleo!

Desde abajo, un aliento, un vaho, un algo así como una voz lejana que se acerca, llegó a la superficie:

—¿Quién está allá arriba? ¿Quién me despierta?
—Soy yo, Miguel Vicente Patacaliente.
—¿Y quién eres tú?
—El que viajó en el Dinosaurio Azul, allá abajote, donde usted nace y corre debajo de la tierra. ¿No se acuerda?

—¡Ay, amigo mío! –dijo la voz con sonidos de ultratumba– yo hace mucho tiempo perdí el contacto con mi gente de allá de más abajo.

—¿Y  por  qué,  señor  Petróleo?  –preguntó  Miguel  Vicente, muy compadecido.
—Pues por qué va a ser, Miguel Vicente, porque el petróleo también muere.
—Pero usted no está muerto. Si estuviera muerto no hablara.
—Hay muertos que hablan, hijo mío. Pero, bueno, y para no complicar las 
cosas digamos que no estoy muerto sino seco.

—¿Seco?

—Sí, seco: ya no doy más petróleo a los hombres y por eso ellos me abandonaron. Soy un pozo seco y solo.
—¿Y por qué no llamas al Dinosaurio Azul en tu ayuda?
—Ah, cuánto me gusta que lo nombres, él era mi padre, pero hace miles y miles de años que murió.
—No, no ha muerto, señor Petróleo, no ha muerto, bien vivo que está, yo lo vi, monté sobre él y me trajo hasta el lago, ayer no más estaba vivo.
—Sí, Miguel Vicente, él vuelve a vivir cada mil años, cuando un niño como tú viaja al fondo de la tierra. Pero está muerto, para mí está muerto.
—No entiendo.
—Ya sé que no entiendes, ni te angusties por eso. Hay cosas y seres vivos para unos, y  muertos para otros. Tú mismo lo sabrás más tarde.

Ahora vete, Miguel Vicente, porque me arrastra el sueño al fondo de mi cueva.

—¡Un  momentico,  señor  Petróleo,  don  Petróleo,  un  momentico, por favor, no se vaya todavía!
—¿Qué quieres ahora?
—Bueno, pienso que si el Dinosaurio es su papá, la señora Compañía será su mamá, y yo podría ir a avisarle.

Pero la voz surgió profundamente airada de allá abajo sin dejarlo terminar:

—No, Miguel Vicente, no me ofendas. Mi madre es la Tierra, y en sus entrañas me concibió, me parió y me ocultó durante millones de años. La Compañía es la que me persigue y la que hiere el pecho y el vientre de la tierra hasta encontrarme en las cuevas donde habito. Allá arriba me somete a torturas en grandes máquinas para arrancarme a pedazos las fuerzas que me dieron los árboles antiguos y los dinosaurios muertos.

La voz del Petróleo fue dejando de ser triste y poniéndose a vibrar con fuerza de viento rugidor. Parecía contento de contar su historia sobre el haz de la tierra. Prosiguió:

—Pero así torturado y descuartizado por los hombres, me vuelvo más fuerte y poderoso todavía, Miguel Vicente. Por mí se mueven las fábricas, los motores de las grandes máquinas.

Gracias a mi brazo, el hombre corre a grandes velocidades en camiones, automóviles, ferrocarriles, barcos, aviones y cohetes.

Es con mi ayuda y solo con mi ayuda –tronaba don Petróleo– como el hombre en la tierra venció al venado en su carrera, a los peces en su nado y a las aves en su vuelo. Ah, Patacaliente, ¡qué poder el mío, qué poder el mío!

Cuando Miguel abrió los ojos y miró hacia arriba, una inmensa iguana le sonreía desde una rama del árbol.

—¡Hola! –saludó Patacaliente.
—¡Hola! –respondió la iguana.
—¿Eres hija del Dinosaurio Azul?
—Soy su sobrina. Yo soy hija de un dinosaurio verde.

Pero no siguieron conversando porque llegaron los hombres. 

Entre ellos venía su hermano. Se abrazaron todos y se sintieron felices de que nada le hubiera sucedido al viajero maravilloso.

Y como estaban tan contentos, el obrero quiso burlarse con cariño de Miguel Vicente, y le preguntó:

—¿Viste al petróleo? ¿Le hablaste?
—No lo pude ver, pero hablé con él.
—¿Y qué te dijo?
—El petróleo sabe muchas cosas.

Y no dijo más el niño. Pero era tan profundo el tono de la voz y tan misteriosa la mirada con que Miguel se despidió del pozo, que el obrero guardó silencio como cuando estaba en misa.

Fue el hermano quien habló ahora. Se lo llevó aparte, lejos de los otros, le puso una mano sobre el hombro y le dijo:

—¿Qué vas a hacer ahora? ¿Trabajarás conmigo?
—Te acompañaré, pero voy a seguir caminando, hermano.
Descendieron la colina en busca del camión. Atrás quedaba el pozo seco abandonado. Arriba el Sol, enamorado de la iguana; y por delante, todos los caminos de la Tierra, de la Luna y más allá.

—¿Fuiste a la Luna?
—¡Fui a la Luna, sí señor!
—¿Y no viste las culebras?
—¿Cuáles culebras?
—Las culebras de la Luna.
—No las vi ¿dónde están?
—En las espaldas de la Luna, en la noche oscura de la Luna.
—¿Cómo lo sabes?
—Un dinosaurio rojo de Marte se lo dijo al Dinosaurio Azul, mi amigo. Y dime, ¿fuiste a Marte?
—Un par de viajecitos he realizado, pero sin el hombre. Algún día lo acompañaré por Marte y por otros planetas en el cielo infinito. Ah, qué poder el mío, qué poder el mío.
—Sí, ¡qué poder el tuyo, qué poder el tuyo! —dijo a su vez Miguel Vicente, quien ya tuteaba al señor Petróleo, tal era su entusiasmo.

Y de pronto se quedaron mudos. Parecían mirarse el uno al otro, pero como no se veían era que pensaban uno en otro.


—Pero estás seco —dijo al fin Miguel Vicente.
—Pero estoy seco —respondió como un eco la voz cavernosa del Petróleo.
—Y la Compañía ya no te quiere.
—Ya no me necesita.
—Entonces ya no tienes dueño.
—Mi dueño será siempre la Tierra, Miguel Vicente, no te olvides: la Tierra que caminas, esta misma que ahora me canta una canción de cueva para que me duerma.
—Duerme, entonces, Petrolito, amigo mío.

Y la Tierra cantaba una canción de cueva, el arco del viento doblaba los cujíes, mientras el Sol lloraba porque lo obligaban a ocultarse antes de escuchar el final del cuento de Miguel Vicente Patacaliente y del pozo que quedó sin gente.

Pero la alegría del Sol no tuvo límites cuando al asomarse a la Tierra, al día siguiente, vio que el niño dormía junto a su amigo el pozo seco. Vio también a los hombres que andaban en su búsqueda y, a fin de guiarlos, se puso de acuerdo con una nube para que solo dejara pasar un caminito de sol que los llevara hasta el cují del pozo abandonado a cuya sombra ahora Miguel Vicente despertaba.

Biografía del autor

Orlando Araujo (1928-1987) Nació en Calderas, Barinas. Escritor, economista, poeta, profesor universitario, periodista y guionista de cine y televisión. Puede considerarse como uno de los más grandes escritores venezolanos, tanto por la calidad de su prosa como por la sensibilidad con que trata diversos temas. En 1975 ganó el premio Nacional de Literatura. Su más famoso cuento infantil es el inolvidable Los viajes de Miguel Vicente Pata Caliente (1977). 

Los titulados Glosas del piedemonte (1980) y Elia en azul (1988) son testimonios de su poesía.

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Compiladora: Giovanna Proaño Moreno

Ilustración: Marcos Estévez



 

martes, 16 de marzo de 2021

Cuento Infantil: Un cuento para Manuel de Alfredo Maneiro

Género: Cuento infantil     Autor: Alfredo Maneiro  

Breve reseña: Lo que aparentemente es una tierna fábula de pajaritos se convierte en una hermosa explicación de lo que significa la igualdad, la fraternidad y la organización para luchar en contra de la injusticia social. Este cuento fue escrito por el gran líder político Alfredo Maneiro para su pequeño hijo Manuel.



Todo el mundo sabe que las lechuzas son muy habladoras y fastidiosas. Pero nunca he visto una conversadora que Lucrecia. Todos nosotros cuando pasamos por la mata de quebracho donde Lucrecia vive, procuramos no hacer ruido ni llamar la atención, porque si Lucrecia nos siente nos llama, comienza a conversar y pasa horas y horas hablando.

Hace días pasaba por allí con el silencio de siempre cuando me sorprendió la ronca voz de Lucrecia:

-  Epa! A dónde vas tan callado? Ven, que quiero decirte algo.

- Qué hubo? -respondí- pasaba por aquí, creí que estabas dormida y no quise despertarte.

Lucrecia se rió viéndome confundido y dijo:

 - No te preocupes por justificarte, en realidad no tengo ningún interés en hablar contigo. 

Pero sé que pronto viene Manuelito, también sé que él es mucho mejor que tú y yo conozco algunas historias que a lo mejor le gustan y quiero mandárselas contigo así que siéntate y escúchame con atención.

Dígame esto! -pensé- ahora resulta que Lucrecia y que sabe historias.

Está lechuza que es más floja que una papa y que nunca se ha bajado de esa rama, no puede saber ninguna historia.

A pesar de que sabía que Lucrecia no podía saber nada y mucho menos saber algo que le interesará a Manuelito, me senté en una piedra, pues cara de fastidio y me dispuse a escucharla.

Lucrecia comenzó: 

- Nunca te ha llamado la atención lo felices, alegres, libres y simpáticos que son los pajaritos?

- Claro que me he fijado en eso! -le dije-

Sin hacerme ningún caso, y olvidándose por completo que me había hecho una pregunta, Lucrecia continúo:

- Pues no siempre ha sido así. Fíjate cómo son las cosas: hace mucho tiempo, los pajaritos vivían felices y libres como ahora. El tordito, el pedroluis, la paraulata, el cristofué, el turpial, el tucusito y hasta el pájaro tilín, todos vivían bien y andaban contentos. Picando guayabas maduras, comiendo bonitos, chupando naranjas, llenándose de cambures y mangos, bañándose en las quebradas y volando entre los árboles, pasaban todo el día. Estaban tan contentos y eran tan felices como en esos tiempos.

Todo era así como te digo y nadie tenía quejas de nadie.

Pero ocurrió que una vez, se reunieron varios gavilanes que son animales flojos y malicia pero vivos y fuertes, y uno de ellos (el que llaman pollero, que es el peor de todos) le digo a los demás:

"Fíjense, amigos gavilanes, en los pajaritos. No saben trabajar. Tan bueno que es el cristo fué picando guayabitos y cómo pierde el tiempo buscando cambures como los turpiales cuando él para eso no es tan bueno. Igual la paraulata, tan bonito que canta y en vez de cantar siempre se distrae con el tucusito buscando lombrices."


"Verdaderamente -dijo el gavilán tao tao- y dígame usted el periquito, que es tan bueno buscando cerezas empeñado en pescar con el alcatraz. Así ni el alcatraz pesca como debe ni el periquito encuentra suficientes cerezas. Verdaderamente los pajaritos no saben trabajar."

Sí señores gavilanes -dijo el gavilán primito, quien, por cierto, nunca había trabajado en su vida- los pajaritos no saben trabajar. Lo que les falta es orden y disciplina. Yo creo que nosotros debiéramos encargarnos de eso, para que se acabe la perdedora de tiempo y los pajaritos trabajen bien.

Esa situación hay que arreglarla a la fuerza."

Como tú sabes -me dijo Lucrecia- el gavilán primito a pesar de que es pequeño, es muy peleador y le gusta arreglar todos a la fuerza.

"Asunto decidido -dijo el gavilán pollero, volviendo a hablar- Nosotros nos encargaremos de eso y verán ustedes cómo habrá orden y trabajo en el mundo de los pájaros. Mañana mismo comenzaremos."

Dicho y hecho. Al día siguiente comenzó un nuevo orden. Los gavilanes la emprendieron a golpes con los pajaritos. No dejaron que los pajaritos amigos se juntan. Obligaron al cristofué a buscar guayabas todo el día. Al periquito a encontrar cerezas, al alcatraz a pescar, al turpial a mejorar su canto y a cantar siempre. Y así con todos los pajaritos.

Cómo tú comprenderás -siguió diciendo Lucrecia- Ahora el cristofué recogía muchas guayabas, el periquito muchas cerezas, el alcatraz pesca a mucho. Y así, por muchas guayabas y cerezas que se comieran (y debes saber que los gavilanes no los dejaban comer mucho) siempre quedaban guayabas, cerezas, mangos, naranjas, pescados, que se comían los gavilanes.



Los gavilanes vivían sin hacer nada. Solamente vigilando la disciplina y el trabajo entre pájaros y comiendo más que todo el mundo.

Así pasó bastante tiempo.

Pero aún vez, cuando los pajaritos ya habían terminado de trabajar y se iban a dormir, dijo el tordito:

- Ya no aguanto más! Tengo el espinazo cansado y el piquito roto de tanto buscar fruticas de monte para que esos gavilanes engorden.

Lo que es mañana pego un brinco y se acabó! (los torditos se mueven pegando un brinco, por eso cuando un pajarito se muere los demás dicen pegó el salto del tordito).

- Bonita cosa vas a hacer! -dijo el turpial- a mí también me tienen cansado y con la garganta doliéndome de tanto cantar y cantar para distraer a los gavilanes. Pero yo creo que no hay que morirse, porque si hacemos eso los gavilanes se morirán de hambre y de tristeza porque no habrá quien trabaje para ellos ni quién les cante, pero nosotros también estaremos muertos.

- Así se habla -dijo el periquito- lo que hay que hacer es pelear con los gavilanes y recobrar la libertad.

- Pero es que ellos son tan fuertes y nosotros tan débiles! -se quejó la pavita- no podremos hacerles nada.

- No seas tonta! -comentaron el pedroluis y la paraulata- somos débiles pero somos muchos. 

Vamos ya a atacarlos!

Tienen razón esos dos -dijo el turpial, dirigiéndose a todos los pajaritos- pero no debemos hacer lo que ellos dicen. Si todos atacamos a los gavilanes ya, ganaremos, pero muchos terminaremos muertos sin necesidad. Los gavilanes nos han enseñado a organizarnos para trabajar para ellos. Ahora debemos organizarnos para pelear contra ellos. Que cada quien haga lo que mejor sabe hacer, escogemos el mejor momento y todos organizados obligaremos a los gavilanes a qué más se respeten y volveremos a ser libres.

Todos estuvieron de acuerdo con el turpial. Lo escogieron como jefe y él organizó a los pajaritos para la pelea. Él dijo que el mejor momento era el amanecer, porque así le s pajaritos estarían descansados y los gavilanes durmiendo, porque se despertaban muy tarde. Al amanecer los pajaritos ocuparon el puesto que les asignó el turpial. El alcaraván fue puesto de centinela. Los periquitos tenían que atacar en grupo haciendo mucho escándalo para asustar a los gavilanes, los alcatraces picarían desde arriba las cabezas de los gavilanes como si fueran pescados, los cristofués, acostumbrados a buscar guayabitas en el suelo, picarían las patas de los gavilanes. Cada uno tenía su puesto, y a mí -dijo Lucrecia-, como soy muy observadora y me fijo en todo, el turpial me dijo que mi papel era ver todo lo que pasaba para poder contárselo después a los niñitos. Pero -se lamentó Lucrecia- por aquí no hay ningún niñito y por eso tengo que contártelo a ti para que tú se lo escribas a Manuelito.


Por la mañanita, cantó el turpial la señal y todos los pajaritos cumplieron su misión. Los gavilanes no podían alzar la cabeza porque los alacranes no los dejaban. No podían correr porque los cristofués les picaban las paticas. No podían esperar ayuda porque los alcaravanes vigilaban el camino. No podían resistir el ataque de todos los pajaritos y a mediodía se rindieron.

Después entonces los pajaritos volvieron a ser libres. Y no sólo eso sino que algunos pajaritos que querían que los gavilanes vencidos trabajarán para ellos, fueron regañados por el turpial, quién les dijo:

- No señor! Los gavilanes también serán libres pero tendrán que trabajar por su cuenta para poder comer. Todos seremos libres. Ningún pajarito vivirá del trabajo de los demás, ni siquiera de los gavilanes. Todos seremos iguales y viviremos felices y contentos.
Y así fue. Y si tú te fijas bien te darás cuenta que así nes todavía en el mundo de los pájaros.

- Lucrecia -le dije- esa historia es bonita. Por qué no me la habías contado antes?

- Porque no me daba la gana -me contestó- ni antes ni ahora. Esa historia no te la estoy contando a ti. Te la digo para que se la mandes a Manuelito. Yo ya estoy muy vieja y no puedo ir a contársela personalmente. Y ahora vete, que quiero descansar.

Yo me fui pensando: De qué estará cansada Lucrecia? Ella nunca se baja de esa rama y lo único que sabe es hablar y hablar.

Cuando ya me iba oí que Lucrecia le gritaba:

- No te olvides de mandarle a decir a Manuelito que el turpial es el más noble, inteligente y lindo de los pajaritos. Que siempre lo quiera mucho y que cuando pueda se busque uno y se haga amigo de él.

Entonces me di cuenta de que el turpial tenía razón. Que Lucrecia es buena observadora y que saber y contar estas historias es un trabajo muy útil, porque si no, ningún niño las podría saber. 

Verdaderamente, Lucrecia tenía derecho a estar cansada. Después de todo ella no era tan fastidiosa y vale la pena ser amigo de ella. Ahora mismo voy a conseguir unas guayabitas para regalárselas.


Biografía de Alfredo Maneiro

Líder y activista social. Desde su juventud participó en la lucha de resistencia contra las políticas neoliberales de la IV República. Fue miembro fundador del partido "Causa R", también ejerció como profesor universitario.

Caraqueño de nacimiento, el 20 de enero de 1937. Descendiente de los próceres de la independecia Manuel y José Joaquín Maniero. Sus padres fueron Manuel Plácido Maneiro y Ana Leticia González

Sus estudios los hizo en la Universidad Central de Venezuela,  se graduó de licenciado en Filosofía con una tesis sobre Maquiavelo. 

Emprendió un trabajo político que dio como resultado la creación de la Causa R, dirigida a defender las luchas populares. 

Maneiro fue el fundador del movimiento siderúrgico de los matanceros y el nuevo sindicalismo. Su trabajo representó un movimiento de vanguardia que buscó dejar atrás la burocracia, la corrupción y otros vicios de las organizaciones políticas y laborales que existían para esos tiempos.

El 24 de octubre de 1982, sufrió un problema cardiáco y falleció en el Hospital Clínico Universitario de Caracas.


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Compiladora: Giovanna Proaño Moreno

Ilustración: Yeison Zambrano "Cáspitas"

jueves, 25 de febrero de 2021

Cuento Infantil "Chocolate" de Armando José Sequera

Chocolate, es una obra maravillosa,  género cuento infantil, su autor Armando José Sequera reconocido escritor venezolano, cuenta a su haber importante obras hechas para la niñez y juventud. 

Breve reseña de Chocolate: Estamos seguros que nuestros niños y niñas disfrutarán plenamente de esta maravillosa lectura, con las travesuras de Chocolate, un simpático perrito glotón y travieso quedarán atrapados para volar la imaginación.

Yo sé que llamar Chocolate, a mi perro no es nada original pero, cuando papá me lo regaló hace quince días, me dijo:

- Deberías llamarlo Chocolate,. Mírale el pelaje: tiene el mismo color del chocolate de leche.
Yo quise ponerle un nombre distinto, para sentirlo más mío, y le puse Spiderman. Pero mi perro no tenía nada de héroe y menos de araña.

Le daba miedo las lagartijas que entraban q la casa y huía de las mariposas que se detenían en el jardín.

Luego lo llamé Paralelepípedo porque es una palabra difícil y así nada más yo sabría cómo decirle, pero mamá opinó que ese nombre era muy largo y no tenía sentido en un perro.

Por eso, decidí que, mientras se me ocurriera algo mejor, lo llamaría Sin nombre.

El asunto se resolvió al tercer día de estar en casa, cuando Sin nombre me vio comerme un chocolate.

Levantó el hocico, olfateando el aire como un sabueso detective, me miró como diciéndome dame! Y, en vista de que no le di nada, me saltó encima.

Entonces, de un mordisco, se adueñó del chocolate que me estaba comiendo.

-Mamáaaaaa, -grité-, y en ese momento me acordé que estaba solo, que mamá estaba visitando a la abuela. Papá tiene año y medio que no vive con nosotros.

Empecé a regañar al perro pero lo vi comerse mi chocolate con tanto gusto que me quedé callado.


Cuando terminó, Sin nombre se me quedó viendo, como preguntándome si tenía más de aquello tan sabroso.

- No -le dije- y abrí la mano dónde aún quedaba un resto del chocolate que él me había arrebatado -solo este pe...

No me dejó terminar la frase: saltó sobre mi mano y con una velocidad de ninja, lamió el poquito de chocolate.

Pensé contarle a mamá lo que había pasado, pero comprendí que eso podía asustarla. Ella no estaba muy de acuerdo con que yo tuviera un perro en el apartamento.

Mientras tanto, Sin nombre no le quitaba los ojos a mis manos.

Para mostrarle que no me quedaba más chocolate, la abrí. Dio otro salto y, en menos de un segundo, lamió en las desvaídas huellas castañas que quedaban.

- De verdad te tengo que llamar Chocolate,! -Le dije-

Chocolate, movió la cola como si aceptara el nombre y, cuando mamá regresó, le dije que había aceptado la sugerencia de papá para llamar al perro.

No le conté lo que ocurrió, ni le conté que Chocolate, era más fanático que yo del cacao.

Eso ocurrió ayer. Esta mañana mamá se levantó temprano para hacer un pastel de chocolate para la abuela, que cumpleaños.

El pastel le quedó increíble -como siempre-, súper apetitoso.

Apenas lo vio enfriándose sobre la mesa de la cocina, Chocolate, se subió sobre la silla más próxima y le dio un mordisco.

Uno solo, pero vaya mordisco. Yo creo que ni un tiburón le hubiera arrancado un pedazotote tan grande.

- Chocolate,  Qué hiciste?! -le pregunté entre susurrando y gritando-, mientras lo separaba del pastel, al que ya estaba a punto de dar un segundo mordisco.

Mamá se estaba duchando en ese momento, pero la escuché salir del baño. Y no sólo salir del baño, sino encaminarse a la cocina, mientras arreglaba la toalla que se había anudado en el cabello.

Pensé rápido: bajé a Chocolate, de la mesa y con un trapo limpio el hocico. Al instante, agarré un pedazo de pastel y me lo metí en la boca.

Cuando mamá entró a la cocina, vio mi boca y sus alrededores llenos de chocolate y que al pastel le faltaba un mordisco de tiburón.

Primero bufó como si fuera un toro. Luego, respiró hondo -bien hondo-, y cuando yo esperaba un grito, un juicio rápido de culpabilidad y el veredicto en forma de el sábado no vas al cine! o esta semana te quedas sin postre! sonrío y dijo:

- Aquí, quién se debería llamar Chocolate, eres tú!

F I N

Atención queridos niños y niñas tengamos cuidado con los alimentos que damos a nuestras mascotas, el Chocolate, no pueden ingerir nuestros consentidos, provoca muchos malestares.


Biografía del autor



Armando José Sequera nace en Caracas, Venezuela el 8 de marzo de 1953. Escritor, periodista, promotor cultural, conferencista y guionista de radio. 

Reconocido autor de 47 libros publicados y 8 inéditos, la mayoría de sus obras son creadas para niños y jóvenes. En su andar literario obtiene importantes premios y galardones,  17 premios literarios, cuatro internacionales.

En 1979, Casa de las Américas La Habana Cuba; en 1995 con el Diploma de Honor y de IBBY, Basilea Suiza, con obra Evitarle malos pasos a la gente;  en 1998, en la Bienal Latinoamericana "Canta Pirulero", Valencia Venezuela, con la obra Teresa; en 2012 obtiene el Premio Internacional de Microficción Narrativa "Garzón Céspedes". En 2006 fue nominado al Premio Astrid Lindgren.

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Compiladora: Giovanna Proaño Moreno
Ilustración: Diana Ramírez